Blackburn Olympic: Working-Class Football

Esport

La FA Cup és la competició de futbol més antiga que encara es segueix disputant. La seva primera edició es va celebrar l’any 1872 i el seu primer guanyador, el Wanderers, estava format per alumnes o exalumnes de les elitistes Public Schools angleses. De fet, les 11 primeres edicions, entre 1872 i 1882, van ser guanyades per equips formats per membres d’aquestes ecoles on anaven els fills de l’alta burgesia industrial. Enfront dels victoriosos equips de les Schools, es formaren nombrosos equips entorn dels centres industrials d’arreu del país, que van passar a ser els equips de referència de la classe obrera britànica.

L’any 1883 el Blackburn Olympic, un d’aquells equips formats per treballadors, no era ni de bon tros el millor equip de la seva ciutat. El Blackburn Rovers havia arribat l’any anterior a la final de la FA Cup, després de fixar el capità dels Olympic, Joe Beverley, i iniciava l’any amb l’objectiu de ser el primer equip del nord del país en trencà l’hegemonia dels Public Teams del sud. La FA Cup 1883 s’iniciava amb els Rovers i els Old Etonians, actuals campions, com a clars favorits a repetir la final de l’any anterior. Els Etonians eren un equip temible: Campions al 1879 i 1882, també havien aconseguit arribar a la final l’any 1881.

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Competició

Educació, Esport

 

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Guanyar no és aixecar copes

En la competición hay en general muchos perdedores, y la mayoría tienen miedo de resultar afectados. Pero hay más componentes de la motivación dentro de la competencia. Mientras que el miedo empuja por detrás, desde delante arrastra una especie de deseo placentero. Pero ¿qué deseo? Se trata del deseo de triunfar, de ser mejor que todos los demás. Esto, desde un punto de vista psicológico, es un motor problemático. La finalidad de nuestras acciones no debería sobresalir por encima de los demás, sino ocuparnos bien de nuestros propios asuntos, que para nosotros son coherentes y nos gusta realizarlos. En este punto deberíamos referirnos a la autoestima. Aquél que relaciona su propio valor con ser mejor que los demás depende completamente de que los demás sean peores. Desde un punto de vista psicológico se trata de un narcisismo patológico. Sentirse mejor porque los demás son peores es simplemente enfermizo. Lo sano sería nutrir nuestra autoestima de acciones que nos gustara realizar, elegidas libremente y por tanto dotadas de sentido. Si nos concentrásemos en ser nosotros mismos en vez de en ser mejores, nadie saldría perjudicado ni habría necesidad alguna de la existencia de perdedores. Se trata de la fijación de objetivos. Si como efecto secundario y sin ser mi objetivo resulta que soy mejor que otro en una actividad, no hay ningún problema. No le voy a dar ninguna importancia al ser mejor ni tampoco lo voy a valorar como una «victoria». El problema surge cuando mi meta es ser mejor que otro y fuerzo una situación de derrota-victoria hablando en términos de competición (o feroz competencia). Si mi meta es hacer bien las cosas y me da igual cómo hagan las cosas los demás, entonces no es necesaria la competencia, que es justo el fundamento del mito: sin competencia los hombres no se sentirían incentivados para ser eficientes, no sentirían motivación para ocuparse bien de sus asuntos. Sin embargo, los estudios psicológicos indican que nos comportamos justo al revés. La motivación es mayor cuando es interna (motivación intrínseca) que cuando proviene de fuera (motivación extrínseca), como por ejemplo en la competencia. Los mejores rendimientos no se llevan a cabo por la existencia de un competidor, sino porque la gente se fascina por algo concreto, se llena de energía, colma sus esperanzas en realizarlo y se entrega por la causa. No necesita competencia.

Fragment del llibre “La economía del bien común” de Christian Felber

El buen gusto

Esport

Ángel Cappa, El País   (03/04/1995)

imageSe parte del respeto a la pelota. Nadie la maltrata, todos la cuidan. La llevan de un sitio para el otro casi acariciándola, procurando el efecto justo, el toque preciso. Se agrupan para tocar y disfrutar, con elegancia, con gusto. Han creado escuela, son propietarios de un estilo que los define antes y después de los resultados. Cuando juega el Ajax, la propuesta es más atractiva y nunca se traicionan ni para lograr el gol que les dé la victoria, ni para aferrarse a un empate salvador. Por eso, se salvan siempre.

Lo hacen desde siempre, o desde hace tantos años que uno se pierde en la memoria. Sus jugadores aparecen muy jóvenes en primer plano, y desde entonces se enrolan en el placer del buen fútbol. Saben que si ellos tienen la pelota, los contrarios deben correr detrás si quieren alcanzarla, y no se apresuranpara llegar a la red, porque también saben que así es, precisamente, como se llega más rápido. Todo lo hacen con tanta naturalidad, que hasta parece normal que con mucha frecuencia surjan jugadores como Van Basten, Berkamp, Rijkaard, Roy, Overmars, y tantos otros que no tienen que confundirse con la referencia histórica de Cruyff y con el argumento de una identidad tan definida.

Claro que los utilitaristas les piden cuentas a fin de mes, porque ya sabemos que “aquí lo que importa es ganar y lo demás son pamplinas”.

Entonces, los llevan a las vitrinas y les muestran copas de todos los colores, antiguas y recientes, nacionales e internacionales, y balances impecables con resultados difícilmente igualables. Después los invitan, respetuosamente, a que dejen libre el paso para los que quieran entrar a disfrutar del juego, a los que resucitan ilusiones y dan rienda suelta a las emociones. Pasen y vean señores, que empieza la función. Juega el Ajax y la alegría es una costumbre y el buen gusto una obligación.

Cuentan que en un partido, Pipo Rossi, el que jugó junto a Di Stefano, regateó a un rival dentro de su área, le hizo un caño a otro, un sombreroa un tercero y finalmente le quitaron la pelota y le costó un gol. Los compañeros le miraron con ganas de matarle. “¿Y qué?”, dijo Pipo, “si me sale”. El Ajax está peleando la Copa de Europa jugando como siempre, tocando y tocando, respetando el estilo. Si no la gana, le quedará el hermoso consuelo de Pipo Rossi: ¿Y si me sale?”.

Para qué se juega al fútbol (Dante Panzeri, 1971)

Esport

imageGanar, es obvio. Descontado. Jamás se hizo nada en la vida para perder. Pero además de ganar, que es cuestión asimismo implícita en jugar bien, en jugar mejor… ¿qué es jugar al fútbol?… ¿para qué jugamos al fútbol? Para una satisfacción artesanal que tanto puede ser personal, como de un conjunto de compañeros con los que nos vamos haciendo camaradas. Aunque terminemos haciendo del fútbol una máquina calculadora de pesos; un trabajo y sacrificio, como ahora mucho se menciona para justificar que no se juegue al fútbol; una actividad financiera; aunque lleguemos alguna vez a eso, es una sola la razón por la que jugaremos al fútbol cuando niños; por la que seguiremos jugando cuando adolescentes; por la que jugaremos como adultos: aquella satisfacción artesanal. Puesto que si ella no fuera la causa por la que jugamos, jamás nos elegirían para posteriormente “trabajar y sacrificarnos”.

“El público pide y exige resultados y nosotros nos debemos al público.” Es una de las explicaciones que suelen darse para el hecho de haber convertido al juego en un no juego. Yo afirmo que eso es mentira. Quien así habla y así juega, juega así, porque el que quiere resultados es él. Y pretende transferirle la culpa de ello al público. Se parece al dirigente o gobernante que dice hacer “lo que pide el pueblo”. Cuando la realidad es que lo que hace, como lo hace, apunta solamente a durar él ante el pueblo en cuestión. Jugador y gobernante que así filosofan respecto de sus deberes, son la equivalencia del escritor que, con el pretexto de escribir para el público lo está despreciando y estafando al negarle la riqueza de lo que emerge de quienes escriben para sí mismos y para que luego el público acepte o rechace, según es imposible saber, jamás, quién y cómo es el llamado público (hinchada). Los tres –futbolista, gobernante y escritor– están, en esos casos, señalando al llamado público como un ignorante a perpetuidad, inmerecedor o incapacitado de gustar nada ajeno a su ignorancia estancada. Quienes más gustaron en esos tres terrenos fueron siempre aquellos que se respetaron a sí mismos.

Jugador de fútbol es el sibarita de la satisfacción de jugar bien. Jugar bien supone un montón de cosas. Y la que menos cuenta entre ellas es la de ganar, según una conciencia nos dirá ganamos, pero qué mal jugamos, del modo que otro día nos recordará perdimos, pero qué bien jugamos; en el próximo partido tenemos que matar. El fútbol se divide en pasión, en técnica, en juego (coordinación), en lucha, en resultados, en amistad, en dolor, en goce, en alegría, en furia. Es un juego con el que se puede ganar dinero. Pero para ganar dinero tiene que ser juego. Y con dinero sólo, no es juego ni es ganancia. Es una pasión que puede dar espectáculo. Pero no puede ser espectáculo sin pasión. Da espectáculo con pasión, si hay técnica y belleza y juego (técnica la individual, belleza la coordinación). Es lo que sale y se presenta, mucho más que lo se piensa o se planea. Es una camisa de sangre y no de género. El profesionalismo exige separar sentimientos. Pero sin sentimiento no puede haber profesión. El hombre caluroso no puede ser suplantado por la fría maquinaria. Y el fútbol es arte (ciencia es lo que exige maestros) de calurosos apasionados. Con el que se puede llegar a la guerra. Pero solamente a la guerra de los afanes, nunca de la intención. Esa es la guerra que paga el público y quiere el público. Y a la que hace honor el jugador que concreta un gol por gran jugada de un compañero y corre a abrazarlo diciéndole: Me daba vergüenza hacerlo; gol era tuyo. Fútbol es recuerdo de lo que jamás se repetía. Es momento. El fútbol no tiene futuro.

“El entrenamiento no existe, es un invento”

Esport

20130131-013659.jpgEl entrenamiento no existe, es un invento. Dime qué se puede entrenar que no se pueda jugar. Ocurre que los entrenadores de fútbol nos hemos convertido en especialistas de lo inexistente, prestigiamos nuestra labor porque nadie soporta ser prescindible ni tampoco ser evidenciado por no respetar la mentira repetida, o la verdad creada. Dividimos lo indivisible, controlamos lo incontrolable, nombramos lo innombrable y en ese ejercicio de vanidad nos alejamos de la esencia: los jugadores. Jorge Valdano dijo que los buenos estaban en peligro de extinción, que jugar bien acabaría siendo motivo de mofa, y no le falta razón.

Obviamos que los protagonistas juegan per se y son la táctica entre sí. Infravaloramos sus capacidades en favor de nuestra vanidad y nuestros miedos, cuando son ellos los únicos que saben de fútbol aunque no sepan que saben. Tuve un jugador que no sabía ni su nombre, ni atarse los cordones; si le hubieran sacado tarjeta se la hubiera cogido al árbitro en agradecimiento. Pero en su primer partido recibió el balón, regateó a cuatro rivales, hizo una pared con uno de sus compañeros para enfrentarse al portero, dentro del área pequeña amagó hacia la derecha para irse por la izquierda e hizo el único gol del partido. No lo celebró porque no sabía que los goles se celebraban.

El destrozo futbolístico acontece cuando nos ocupamos de grabar esa acción, analizarla, re-analizarla, volver a analizarla, para luego atrevernos a corregir el gesto de carrera o el momento de aceleración, como el que enseña a respirar y luego se atribuye la supervivencia del aprendiz. Hacemos pensar a los jugadores como nosotros queremos que piensen y no como les pertenece hacerlo, siendo el objetivo final la colonización y el adiestramiento. Dos palabras muy alejadas del juego.

Fragment de l’article “Conversaciones sin trampa”. Autor: Kevin Vidaña